Recaudación, gasto y deuda: Lo que se quiere como país

29 octubre, 2015 - 10 minutos de lectura

4aPara empezar, una idea básica:

Un país no está definido por su gobierno, ni tampoco es propiedad de él. Un país –es decir, la idea de país— es construida por los ciudadanos y por todas las personas que dentro sus límites habitan.

Este concepto se refiere a un lugar donde se trabaja para vivir en familia, en un hogar y con un trabajo digno, con oportunidades de desarrollo para uno mismo y para nuestros seres queridos.

Es un lugar donde se busca que todos salgamos adelante, en orden, responsabilidad y honestidad. No obstante, a veces, la actualidad nos puede hacer creer que esto sólo es una ilusión, utopía o –peor aún— un sueño inalcanzable.

El gobierno de cada país ha sido el tradicional encargado de lograr lo anterior; el encargado de buscar el bienestar social de todos y, cuando me refiero a “todos”, me refiero a dos tipos de personas:

El primer tipo es el más intuitivo y son aquéllos con los que convivimos todos los días en los parques, los restaurantes, el transporte público y en las calles (feas y bonitas).

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El segundo tipo puede ser más elusivo, porque pocas veces pensamos en ellos. Y no me refiero a los pobres, indígenas ni a la población que pudiéramos considerar como “vulnerables”. Sino a aquéllos que aún no existen y cuyas características aún no están definidas: las futuras generaciones. Estos individuos, por mucho, son los menos representados por la democracia actual mexicana.

Por lo tanto, hablar de un país, necesariamente, es hablar de 2 cosas: su gente (presente y futura) y su gobierno. Es referirse a la gente que vive con necesidades y con abundancias; así como al gobierno que busca distribuir los recursos entre todos, sin ignorar a los primeros ni exprimir a los segundos. Un país es una forma de organización mutua, colectiva e idealmente solidaria.

Lo bueno, lo malo y lo feo

 

Lo bueno es que el gobierno ha buscado mejorar el bienestar de todos desde siempre, proveyendo servicios de salud, educación, seguridad, justica, infraestructura, impulso económico. Lo malo es muchas veces sus resultados son limitados, mediocres o, inclusive, nulos. Y lo feo es que, además de la corrupción y desvíos que se pudieran encontrar, también gasta dinero que no tiene, mediante la deuda y mediante el compromiso de recursos futuros. Es decir, comprometiendo recursos a expensas de las futuras generaciones, para satisfacer el gasto público que sólo las presentes generaciones gozarán.

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Esto es un concepto que se le denomina como “equidad intergeneracional”. Es decir, cuánta deuda o riqueza las presentes generaciones le están dejando a las futuras. Y, más allá de dinero, también hablo de recursos naturales que dichas futuras generaciones pudieran también exigir como propias, tales como el petróleo y la ecología.

Sistema fiscal mexicano

 

Ya entrando en materia en el gobierno mexicano y en su sistema fiscal, hay una ecuación básica: para todo gasto, debe existir necesariamente una fuente de ingresos, ya sea en el presente o en el futuro. Es decir, para gastar, hay que recaudar, al menos que nos endeudemos. Y si nos endeudamos, hay que pagarlo, con los intereses que esto conlleva.

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Para el año 2016, el gobierno estima recaudar alrededor del 21.5% del PIB (que, sin querer entrar en detalles ni en debates, piensen el PIB como la suma de todos los ingresos que todos los individuos dentro de México obtienen en un año entero). Pero también estima gastar alrededor del 24.7% del PIB. Sí, el gobierno va a gastar más dinero de lo que dispone (esto significa un balance público negativo), por 8vo año consecutivo (ver Figura 1).

Y esto representará que, para fin del año 2016, deberemos el 47.8% del PIB (ver Cuadro 1). Casi la mitad de los ingresos nacionales de un año.

La Secretaría de Hacienda y Crédito Público menciona, en sus Criterios Generales de Política Económica (CGPE) 2016, que este será el último año en donde la deuda aumente. Porque, según sus propias cifras, para el 2017, la deuda se mantendrá constante como proporción del PIB y empezará a disminuir a partir de entonces.

Sin embargo, esto es lo que nos ha prometido desde, al menos, el 2011, sin cumplirlo.

 

Constantemente, el gobierno ha hecho uso de la deuda, gastando más de lo que recauda, sin cumplir sus compromisos de pagar y disminuir la misma (ver Cuadro 1).

Recaudar más, sólo para gastar mejor

 

Como comenté anteriormente, el sistema fiscal es una ecuación: gasto es igual a los ingresos (incluyendo la deuda, que es un ingreso futuro). Por lo tanto, la solución de la deuda bien puede ser un aumento a la recaudación o una disminución del gasto. Pero, ¿qué debiera ser primero o de qué magnitud debiera ser ambos?

Primero, como contexto, nos estamos haciendo más viejos por la transición demográfica del país; es decir, cada año que pasa, se concentra más población mayor de 65 años y menos menores de 18 años (ver Figura 2).

Esto significará, eventualmente, una mayor demanda de pensiones y de servicios de salud y una menor fuerza laboral pagando impuestos. Por lo tanto, si hoy en día, no hay suficientes ingresos para sostener el gasto público, en el futuro, esto sólo se podría poner peor.

Segundo, de nada sirve recaudar más, si seguimos malgastando. El sistema fiscal debe empezar y terminar con la población.

 

Es decir, primero es saber qué queremos como país (más abundancia, mejor educación, mayor seguridad) y después buscar los recursos; que no es lo mismo, como ahora se hace, primero recaudar sin propósito y luego gastar a discreción del Ejecutivo y de los legisladores.

Por lo tanto, de nada sirve seguir con inercias. Si no entendemos para qué está construido el sistema fiscal –es decir, para la gente y no para el gobierno— es probable que sigamos cometiendo los mismos errores: gastar en donde no se debe, a expensas de personas que aún no nacen o de exprimir a los ya estamos aquí y ya estamos pagando impuestos.

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